
¿Por qué no pintas en el baño de tu casa?
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En este blog se habla de libros, pero esta vez vamos a hablar de cosas que ocurren a quienes vamos leyendo esos libros, por ejemplo, en el transporte público. Montarse en un tren de cercanías en muchas ciudades españolas es, cada vez más, una experiencia visualmente desagradable. Vagones enteros cubiertos de pintadas ilegibles, estaciones con paredes manchadas de tinta y un paisaje urbano que se vuelve caótico y sucio por culpa de quienes deciden "expresarse" (¿esto puede considerarse expresión de algo?) sin permiso ni respeto por los demás.
Si al menos los grafitis dijeran algo, si transmitieran un mensaje poderoso o estéticamente valioso, tal vez podríamos debatir su papel en la ciudad y las culturas urbanas. Pero la realidad es que la mayoría son apenas garabatos sin sentido: nombres deformes, firmas absurdas, letras tan retorcidas que parecen diseñadas para evitar ser comprendidas. ¿Qué hay en la cabeza de las personas que las hacen? ¿Por qué no pueden encontrar otra forma de expresarse que no sea a través de la fealdad?
Y ojo, que no estamos hablando de artes urbanos donde se simbolizan protestas, emociones o anhelos en paredes y rincones. No, estamos hablando de la destrucción de aquello que utilizamos todos y todas cada día, con colorines y garabatos extraños.
El problema del vandalismo en el transporte público
El grafiti ilegal en trenes y estaciones no es solo un tema de estética, sino también de recursos y seguridad. Las empresas ferroviarias gastan millones de euros cada año en limpiar estas pintadas, dinero que podría invertirse en mejorar la calidad del servicio (que buena falta hace en ciertas líneas de cercanías en ciudades como Madrid) o en mejores tarifas para los viajeros.
Aclaremos una cuestión: pintar trenes no es solo una "travesura" de jóvenes. Muchas veces, los grafiteros acceden a zonas restringidas, arriesgándose a ser atropellados por los trenes en movimiento. ¿Y si provocan retrasos o fallos en la operatividad del servicio, afectando a miles de usuarios que simplemente quieren llegar a su destino a tiempo? Porque muchos de los que nos subimos al tren… lo hacemos para ir a trabajar.
Pero, sobre todo, hay un problema de convivencia. ¿Por qué los viajeros deberíamos soportar viajar en trenes que parecen salidos de un basurero? El vandalismo visual no solo degrada el entorno, sino que envía un mensaje claro: aquí no hay normas, no hay respeto, no importa el espacio público.
El deterioro del espacio público: falta de civismo en el día a día

El problema del grafiti ilegal es solo una manifestación de un problema mayor: la falta de respeto por el espacio público. Cada vez es más común encontrar a personas que creen que el transporte público es su salón o la terraza de casa.
Tomemos algunos ejemplos cotidianos:
- Poner los pies en los asientos. No importa si están sucios, no importa si alguien más va a sentarse después. Algunos creen que los trenes y autobuses son una extensión de su sofá.
- Hablar en altavoz o escuchar música sin audífonos. ¿Por qué debemos hacer nuestro viaje escuchando los vídeos de Instagram o TikTok de un desconocido? Peor aún, ¿por qué tenemos que aguantar reguetón a todo volumen? No todos compartimos los mismos gustos musicales. Pero parece que esto es algo sencillamente incomprensible para muchos, que pueden llegar a mirarte con cara de loco por pedirles que baje el volumen.
- Comer y dejar basura tirada. Embalajes de comida rápida, botellas vacías, restos de bocadillos… Parece que algunos creen que el tren cuenta con un servicio de limpieza personalizado que recogerá sus desperdicios.
El problema aquí no es solo de falta de educación, sino de una preocupante incapacidad de algunas personas para entender que el espacio público es compartido. Que si todos actuáramos con ese mismo egoísmo, el resultado sería un caos absoluto y, sin duda, la aparición de la violencia. De hecho, el mal comportamiento en el espacio público es ya una forma de violencia, deberíamos empezar a entenderlo.
¿Debemos tolerar la falta de educación y respeto?
Durante años, hemos sido demasiado indulgentes con la falta de civismo. La idea de que "cada uno hace lo que quiere" ha llevado a que el espacio público se deteriore a un ritmo alarmante. Pero ¿y si empezáramos a exigir más respeto?
Y aquí no estamos hablando de vivir en una sociedad rígida y controlada, sino de recordar que la libertad individual no puede existir sin responsabilidad colectiva. La convivencia se basa en pequeños gestos de cortesía: utilizar audífonos para escuchar música, no ensuciar, respetar los espacios de los demás. No es pedir demasiado, es simplemente exigir un mínimo de educación. Y atención: esto tampoco tiene que ver con ser izquierda o derecha.
Del mismo modo, el grafiti no tiene ni debe desaparecer, pero necesita encontrar su lugar en la ciudad, sin que parezca (y es lo que parece) una amenaza a la palabra o la imagen. Pero pintar trenes y estaciones es simplemente vandalismo, no arte.
Expresión sí

El arte urbano tiene un gran valor cuando se utiliza para embellecer, protestar, educar, concientizar y resignificar los espacios públicos. Pero cuando se convierte en un acto de apropiación indebida del entorno, deja de ser arte para transformarse en una agresión visual.
Si alguien siente la necesidad de "expresarse", pues que publique, que imprima, que haga contenido digital, organice eventos o que pinte su cuarto, el baño de casa o en una libreta… Pero llenar de pintadas con el apodo del artista los trenes y estaciones no es cultura ni expresión: es simplemente un acto de egoísmo.
Convivir con respeto y civismo está muy relacionado con la calidad democrática. Ojo: cuando la gente se cansa de la agresión y fatas de respeto, termina votando por quien le prometa que va a reinstaurar el orden por las malas, lo estamos viendo venir y no creemos que nos vaya a gustar.
KERCENTRAL MAGAZINE - EDITORIAL INDEPENDIENTE
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